
adecuado juvenil fue de 37,3 %, el subempleo juvenil fue de 21,1 % y el ingreso laboral
promedio juvenil llegó a 420,9 dólares reales expresados a diciembre de 2024 (INEC,
2025b). Estas cifras revelan que la inserción laboral juvenil no puede evaluarse
únicamente por la presencia o ausencia de empleo, sino por la correspondencia entre
trabajo, ingresos, estabilidad, protección social y utilización efectiva de competencias.
La literatura internacional ha mostrado que la expansión educativa puede coexistir con
desajustes verticales y horizontales. El desajuste vertical aparece cuando el nivel
educativo de la persona es superior o inferior al requerido por la ocupación, mientras
que el desajuste horizontal se produce cuando el área de estudio no coincide con el
contenido del trabajo desempeñado (Robst, 2007; Quintini, 2011). De manera
complementaria, el desajuste de habilidades surge cuando las competencias técnicas,
cognitivas o socioemocionales no se corresponden con las tareas del puesto, aun cuando
el nivel educativo formal parezca adecuado (Allen & van der Velden, 2001;
McGuinness et al., 2018).
Desde la teoría de la señalización, la educación también funciona como un mecanismo
de información para los empleadores, porque el título puede operar como indicador de
disciplina, capacidad de aprendizaje o productividad potencial (Spence, 1973). Sin
embargo, cuando aumenta la cantidad de graduados sin una expansión equivalente de
empleos profesionales, la señal puede perder capacidad de diferenciación. En ese
escenario, los jóvenes pueden aceptar trabajos por debajo de su nivel de formación,
buscar empleo en áreas no relacionadas con su carrera, migrar hacia actividades
informales o prolongar estudios sin garantía de inserción posterior.
El contexto internacional refuerza la pertinencia del problema. La Organización
Internacional del Trabajo reportó que en 2023 había 64,9 millones de jóvenes
desempleados entre 15 y 24 años a escala mundial, con una tasa global de desempleo